Cuaderno de Señales

Por qué encontrar monedas en el suelo es una señal de un ser querido

2026.07.03
Moneda encontrada en el suelo como señal espiritual de un ser querido fallecido, reflexión sobre el duelo

Una moneda en el suelo no pesa nada; la pregunta que levanta pesa como un turno entero. Llevo cinco años aprendiendo a distinguir una señal espiritual real del ruido normal del duelo. La moneda de diez céntimos que encontré brillando en el umbral de mi casillero, en la clínica, fue otra vuelta a la misma pregunta de siempre: ¿la encontré yo, o me encontró ella?

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El mito: que toda moneda encontrada es un mensaje

Mi formación en enfermería técnica me enseña que las monedas se caen porque la gente las deja caer. En una ciudad con tanta gente caminando sobre el sillar, es pura estadística: si pasan mil personas, alguien pierde una moneda. Ese es el argumento que uso cuando alguien, mi hermana sobre todo, me dice que estoy proyectando. Y tiene razón, la mayoría de las veces. Desde que empecé a llevar mi diario de señales de seres queridos, me he dado cuenta de que casi todas las monedas que piso son solo monedas. El mito no es que las señales existan: el mito es que cualquier moneda cuenta como una.

Moneda de diez céntimos brillando en el suelo del vestuario, posible señal espiritual durante el duelo

¿Señal o estadística? Cómo diferencio una de otra

Antes de decidir, me fijo en tres cosas. Primero, si el lugar es privado o de tránsito masivo — no es lo mismo un vestuario donde entro yo sola que una vereda con cien personas por minuto. Segundo, si la moneda apareció justo después de un pensamiento muy específico sobre mamá, no uno genérico. Tercero, si el lugar tiene sentido para ella en particular. Si dos de esas tres coinciden, lo anoto en el cuaderno como señal. Si no, lo dejo pasar sin culpa y sin necesidad de convencer a nadie más. En la numismática espiritual — la rama folclórica, no la académica — se dice que las monedas son señales "de baja frecuencia": objetos metálicos y duraderos, más fáciles de "hacer notar" para quienes ya no están. No sé cuánto de eso creo. Pero me da un lenguaje para algo que ya sentía sin nombre.

Lo que el foro de mediumnidad me enseñó a distinguir

A eso también le dediqué tiempo, de principiante total, en el foro de Medium Certificado + Avanzado, un curso con calificación de 4.1 que uso más como compañía que como autoridad — el término "certificado" es del vendedor, no una acreditación oficial, y yo lo tomo así. Ahí fue donde escribí mi pregunta sobre las monedas: ¿por qué siempre son de diez o veinte céntimos, nunca de cinco soles? Edelmira Parreño, otra alumna del foro que suele quedarse observando cómo reacciona el grupo antes de escribir su propia respuesta, fue quien me contestó algo que se quedó conmigo: que el valor no importa, lo que importa es el hallazgo. Mamá decía que "un centavo es la semilla de un millón". Encontrar esos diez céntimos fue, para mí, como escucharla decir que no me preocupara tanto por la plata.

Laptop con el foro del curso de mediumnidad y monedas junto al cuaderno verde de señales

Lo que sí cambia el contexto

Vivo a pocas cuadras del Mirador de Yanahuara, ese mirador de arcos de sillar que se abre hacia el Misti, y ahí el flujo de gente es constante — turistas, vendedores, parejas sacándose fotos. Si encuentro una moneda ahí un fin de semana cualquiera, no significa nada especial; es geografía, no destino. Distinguir una señal real de lo que solo es proyección de duelo no es un truco de un día, es una práctica que se afina despacio, casi como aprender un idioma nuevo. Es parecido a cuando se caen cosas sin explicación: no importa tanto el objeto que cae, importa el momento exacto en que cae. Conozco gente que usa el tarot para afinar esa misma intuición cotidiana; a mí lo que me ancla distinto es el metal frío contra la palma. Mi papá, católico convencido, prefiere no tocar el tema, y yo ya no lo obligo a mirar lo que yo miro.

Encontrar plata en el banco donde ella se sentaba

Hace poco encontré una moneda de cincuenta céntimos en el banco del Mirador donde mamá solía sentarse a mirar el Misti. Estaba boca abajo, brillando bajo la luz de la tarde, y no había nadie cerca. La recogí y sentí el metal frío, pero algo en el pecho se me puso caliente. ¿Fue ella? ¿O fue un turista descuidado que ni se dio cuenta de que la perdió? No lo sé, y esa es la parte que más me cuesta explicarle a mi hermana: elegí creer que era un saludo, sin necesitar la certeza.

Moneda de cincuenta céntimos sobre un banco de sillar en el Mirador de Yanahuara frente al Misti

En el pasillo del edificio me crucé con Teófilo Hurtado, el vecino del cuarto piso, ese mismo día. Me dijo, despacio, como si cada palabra le costara algo: "Esas cosas no se explican, Inés. Se guardan." No le pregunté más. Con Teófilo, ya pues, uno aprende a no apurar las frases. También probé otros caminos antes de quedarme con este: el Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales es más sencillo y más accesible, y las cartas angelicales me sirvieron para ponerle nombre a algunas señales, pero mi conexión resultó más terrenal que eso. Necesito algo que pueda tocar: el metal, el papel del cuaderno, la piedra fría de un banco público.

Frasco con monedas guardadas como señales, junto a una crema de manos como recuerdo del duelo

Antes del cuaderno probé otra cosa que no funcionó: noches enteras viendo documentales de experiencias cercanas a la muerte en YouTube, hasta las dos de la mañana, buscando una prueba que la pantalla nunca me dio. Qué bestia las horas que perdí en eso. Ninguna me tranquilizó de verdad. Lo que sí cambió algo fue escribir, aunque fuera una sola línea.

Algunas noches anoto algo en el cuaderno verde ya pasadas las once, y hay veces que cierro la tapa y me doy cuenta de algo raro: esa vez no había llorado ni una sola línea. No supe si alegrarme o preocuparme por no saber qué hacer con esa calma.

Guarda la moneda, no la respuesta

Si tú también empezaste a notar monedas, o relojes que se caen, o el olor de una crema de manos en un cuarto vacío, no las ignores por miedo a parecer loca — pero tampoco te apures a llamarlas milagro. Sentir que alguien entró al cuarto justo al despertar es otra cosa muy distinta a agacharme a recoger diez céntimos en un vestuario; ninguna de las dos prueba nada, pero tampoco se cancelan entre sí. Guarda la moneda en un frasco, anótala en tu propio cuaderno, y pregúntale qué quiere decir sin exigirle una respuesta inmediata. La mayoría de las veces no vas a tener certeza, y aprender a vivir con esa falta de certeza —sin volverte escéptica de todo ni crédula de todo— es, para mí, el verdadero trabajo del duelo.

Lo que a mí me sirvió, cuando necesité algo de estructura para ordenar estos momentos, fue sobre todo la comunidad del foro dentro de Medium Certificado + Avanzado — no tanto por las respuestas que da, sino por la gente que hace la misma pregunta que tú. La certeza final no está en ningún video: está en lo que sientes cuando cierras la mano sobre el metal que acabas de encontrar.

¿Te ha pasado algo parecido? Anótalo en tu propio cuaderno antes de contárselo a nadie más. A veces ponerle palabras al misterio, aunque sea solo para ti, ya es suficiente.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.