
Cuatro aparatos distintos me han hecho dudar este año: la lámpara del pasillo, la radio de la cocina, el televisor que casi nunca prendo y, hace poco, un cargador que parpadeó sin estar conectado a nada. Cuatro veces la misma pregunta, la que sostiene este cuaderno de duelo y espiritualidad: ¿instalación vieja, o algo más?
Antes de seguir: en este cuaderno digital dejo enlaces de afiliado a Hotmart. Si te matriculas en alguno de los cursos que menciono a través de esos enlaces, recibo una comisión y a ti no te cuesta nada extra. Hablo solo de lo que yo misma he probado en este camino. Si algo no me convenció, lo digo con la misma franqueza con la que anoto mis dudas en el cuaderno verde. Y ojo: esto es mi experiencia, no un consejo profesional.
Las señales llegan tan seguido a través de la electricidad
Llevo catorce años en la clínica, acostumbrada a monitores que pitan y luces de emergencia, así que mi primer instinto siempre es técnico: reviso el cableado, pregunto si hubo un corte de luz en el barrio, miro si el foco es nuevo. Pero hay una segunda pregunta que no se resuelve con un multímetro, y es la que más me escriben las lectoras de este blog: si los aparatos son el medio más fácil para que alguien que ya no está se haga notar. No tengo una respuesta cerrada. Lo que sí tengo es un criterio: reviso primero lo físico, y solo cuando esa explicación no cierra del todo, dejo espacio para la otra pregunta.
Ya me pasó antes con el reloj de pared que encontré en el suelo la mañana del santo de mamá. Ese es un capítulo aparte que ya conté en otro lado, así que aquí me quedo solo con los aparatos que siguen enchufados. Sigo sin saber si esto cuenta como señal del más allá o si es mi cabeza ordenando el dolor en fechas que me importan, y esa duda no creo que se resuelva nunca del todo, ni tiene por qué.
Lo primero que reviso antes de anotar nada en el cuaderno verde
Cuando un aparato falla una sola vez, lo dejo estar. Un foco que titila un segundo, una radio con estática. Eso es ruido de departamento viejo, nada más. Lo anoto solo cuando se repite tres o cuatro veces alrededor de una fecha que me pesa: un cumpleaños, el aniversario de la muerte de mamá, un domingo particularmente difícil. Ese patrón, no el hecho aislado, es lo que me hace sacar el cuaderno verde del cajón de ese escritorio viejo y oscuro, con la ventana que da al patio justo al lado, y escribir. Hay algo en el olor de la tinta fresca sobre el papel grueso que me ordena la cabeza más que cualquier explicación que me den después.
El olor a crema de manos de mamá apareciendo de la nada en un cuarto vacío es su propio tema, uno que ya desarrollé en otra entrada y no voy a repetir aquí. Tampoco voy a entrar en esa sensación rara de despertar de golpe sintiendo que hay alguien más en el cuarto. Eso también merece su propio espacio, no este. Aquí me quedo con los aparatos: la lámpara, la radio, el televisor.
Se lo conté una sola vez a Azucena, mi compañera de tantos turnos nocturnos en la clínica. Ella no cree en nada de esto, me lo ha dicho clarito, pero escuchó sin poner los ojos en blanco ni una sola vez, y eso, para mí, ya vale bastante.
Lo que dijo el técnico, y por qué no bastó
A mediados de marzo la cosa se puso insoportable: la radio se prendía sola y el televisor cambiaba de canal sin que nadie tocara el control. Llamé a un técnico de Yanahuara, un señor serio que revisó cable por cable. "Señorita Inés, aquí no hay nada malo", me dijo, rascándose la cabeza. Pagué la visita y los fallos siguieron pasando exactamente igual, sin ninguna causa técnica nueva que explicar. Me sentí un poco tonta, la verdad, por haber esperado que un multímetro resolviera algo que quizás no era eléctrico.
Para entonces ya había terminado el Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales, que tomé más por curiosidad que por convicción. Los materiales eran sencillos, entré sin saber nada de cartas, y el taller me ayudó a perderle el miedo a estos episodios, aunque nunca tocó de frente la pregunta que de verdad me importaba: si esto era real o si era yo, proyectando. Las cartas angelicales trabajan distinto al tarot, aunque comparten esa idea de usar un objeto como puente hacia la propia intuición, tema que dejo para otro momento. Lo que sí aprendí ahí: un técnico puede confirmarte que el cableado está bien, pero eso no cierra la otra pregunta, solo cierra la eléctrica.
Comunicación espiritual, transcomunicación instrumental y el límite de lo que sé
Pocas semanas después empecé el nivel avanzado del curso que de verdad me sostuvo, el Medium Certificado + Avanzado, pensado en parte para la mediumnidad de quienes recién empiezan aunque yo llegué buscando otra cosa, y ahí escuché por primera vez hablar de la Transcomunicación Instrumental: la idea de que los aparatos electrónicos son, para quienes ya no están, la energía más fácil de mover. El "Certificado" del nombre es del vendedor, no una acreditación oficial, y no lo tomé como tal; lo que sí me sirvió fue el nivel avanzado, con una comunidad de estudiantes bastante activa para los días en que dudo de todo. No es como en las películas, nada de mensajes escritos en la pantalla, más bien una canción que suena justo cuando más la necesitas. Cada módulo que fui completando me enseñó menos sobre "ser médium" y más sobre cómo quedarme con la pregunta abierta sin necesitar cerrarla, que es otro tema en sí mismo. Ninguno de los módulos reemplaza terapia, y alguno da por hecho creencias que yo no comparto del todo, lo digo porque prometí anotar también lo que no me convenció.
Un martes cualquiera, saliendo del turno de noche, prendí la radio para las noticias y la aguja se fue sola a una estación de boleros viejos, la canción favorita de mamá sonando de la nada. Me senté en el suelo frente a esa radio y, por primera vez en mucho tiempo, no lloré. Solo escuché. ¿Fue pareidolia, esa costumbre del cerebro de encontrar formas donde solo hay ruido? Como enfermera sé que la mente es experta en fabricar patrones para sobrevivir al dolor. Pero las fechas del cuaderno verde coinciden demasiado seguido con los momentos en que más necesito consuelo, y esa coincidencia repetida es, para mí, más convincente que cualquier explicación única. Si te preguntas cómo saber si son señales o imaginación, mi único criterio real es ese: no el hecho suelto, sino el patrón que se repite.
Ir a misa ayuda con esto, o solo lo complica
Probé ir a misa todos los domingos, como hacía mi papá, pensando que eso me iba a ordenar la cabeza o al menos calmarme la culpa de andar buscando a mamá en un enchufe. No funcionó, o no funcionó como yo esperaba: salía de la iglesia con la misma pregunta intacta, ni resuelta ni más tranquila. Mi papá y yo no hablamos mucho de esto, la fe y las señales no siempre conviven fácil en la misma casa, y no voy a resolver esa tensión en este párrafo. Lo que sí aprendí, a la fuerza, es que buscar consuelo en un solo lugar no alcanza. Ir solo a misa no bastó. Anotar solo en el cuaderno tampoco basta del todo. Lo que me ha funcionado mejor es sumar: un domingo en la iglesia, otro rato con el cuaderno abierto en el balcón, el barandal de fierro sonando viejo cada vez que me apoyo para mirar el Misti, sin pedirle a una sola cosa que cargue con todo el peso.
Escribir sin perder la cabeza buscando señales en todo
Una lectora, Clarita, maestra desde Oaxaca, me escribió hace un tiempo contando que soñaba con su mamá siempre en el mismo lugar, tres noches seguidas, y describe sus sueños con un detalle de reportera, casi como si tomara notas mientras duerme. Le respondí lo mismo que me digo a mí misma con los aparatos: anota el patrón, no la interpretación, eso es tema para otra entrada, pero el principio es el mismo aquí. Con la electricidad de la casa hago igual. No escribo cada foco que titila. Escribo cuando el patrón se repite, cuando coincide con una fecha, cuando dos aparatos fallan la misma noche, y los beneficios de llevar un diario de señales son tema para otro día, pero para mí el mayor es simple: tener algo concreto que releer, en vez de un recuerdo borroso.
Hace unas semanas releí una entrada de hace seis meses sobre esta misma lámpara del pasillo, y la letra salía apretada, nerviosa, casi no parecía mía, como si otra persona la hubiera escrito esa noche. No sé qué hacer con eso todavía. Lo dejo ahí, sin cerrar, como casi todo lo que anoto.
Si andas con esta misma duda (aparato que falla, técnico que no encuentra nada, la pregunta de si es ella o eres tú), lo que a mí me ayudó a ponerle algo de orden al caos del cuaderno fue el Medium Certificado + Avanzado, aunque nunca lo tomé como una respuesta cerrada, sino como un espacio para sostener la pregunta con compañía. Eso sí: si el dolor pesa más de lo que puedes cargar solo, habla con un psicólogo, las señales acompañan, pero no reemplazan eso. Ya pues, se me hace tarde para el turno de la tarde.