Cuaderno de Señales

Cómo interpretar canciones que aparecen como señales de seres fallecidos

2026.07.06

El taxista sube el volumen sin que se lo pida y ya tengo el cuaderno verde de lino abierto sobre las piernas antes de que termine la primera estrofa. Suena Camilo Sesto, la misma canción que mamá ponía los domingos mientras limpiaba las ventanas del departamento. No sé si interpretar esto como una de esas señales que se atribuyen a seres fallecidos o si simplemente mi cabeza conecta cualquier melodía vieja con su ausencia. Es la pregunta que me hago cada vez que una canción me detiene en seco.

Registrando estos momentos he llegado a una regla simple: no toda canción que aparece es un mensaje, y hay una manera concreta de distinguir la que sí cuenta. Para que una melodía pase de "coincidencia" a "señal" en mi cuaderno, tiene que cumplir tres cosas a la vez: un vínculo emocional privado y directo con mamá, un contexto donde esa canción no tendría por qué sonar, y una respuesta —aunque sea oblicua— a algo que estoy pensando justo en ese instante. Si falta una de las tres, la anoto igual, pero como duda, no como certeza.

No toda canción que suena es un mensaje de mamá

Llegué a esta regla después de intentar otras cosas que no funcionaron. Le pedí a mi hermana que se quedara a dormir los fines de semana más difíciles, pensando que la compañía apagaría esa sensación de estar buscando pistas en cada ruido de la casa. No apagó nada: las canciones seguían apareciendo igual, con ella dormida en el cuarto de al lado y yo despierta preguntándome lo mismo. Terminé volviendo al cuaderno porque necesitaba un método, no compañía.

Caminando por las callejuelas pintadas de naranja y rojo cerca del Monasterio de Santa Catalina, si fuerzo el oído tratando de escuchar "su" canción, no pasa nada. Es cuando estoy distraída, pagando algo en una tienda o subiendo una escalera, que la música me encuentra. Ya pues, no sé si eso dice algo sobre mamá o solo sobre cómo funciona la atención humana, pero el patrón se repite con una consistencia que ya no me sorprende.

¿Por qué el cerebro engancha justo esa canción?

La radiodifusión en FM ocupa un rango fijo, de 87.5 a 108.0 MHz, y dentro de ese rango las emisoras arequipeñas programan sus listas sin pensar en mi duelo. Estadísticamente no debería sorprenderme escuchar una canción vieja: suenan cientos por semana. Lo que cambia es la coincidencia con mi estado interno, y ahí es donde empiezo a sospechar de mi propia pareidolia acústica, el cerebro que busca un patrón de amor incluso en una lista de reproducción genérica.

El oído humano capta hasta unos 20,000 Hz, un límite físico que no explica por qué cierto acorde me afloja la garganta o me baja el hombro. Sospecho que no es un tema de frecuencia sino de memoria: la canción activa un recuerdo específico y el cuerpo reacciona antes de que la mente alcance a razonar. Escribí sobre esta misma duda (señal o imaginación) en otra entrada del blog, porque la pregunta nunca se resuelve del todo, solo se vuelve familiar.

El momento en la clínica y las otras señales que también cuentan

En la sala de espera de la clínica en Av. Goyeneche, el hilo musical solo pone instrumentales genéricos, de esos que no dicen nada. Hace poco, sin ningún aviso, empezó a sonar una versión en piano de "La Flor de la Canela", la canción que mamá bailaba en los cumpleaños. Qué bestia, alcancé a pensar, justo antes de que se me cayera el lapicero. No sé si fue el cansancio del turno de noche o algo más, pero anoté la hora exacta antes de que se me olvidara el detalle.

Rosinda, que vende en el mercado y me escribe algunas tardes desde que perdió a su hijo, me preguntó si es normal que la misma canción le salga al paso varias veces en una semana. Lo pregunta con una calma tan directa que a veces impresiona más que si llorara. Le respondo lo mismo que me digo a mí: anótalo, fíjate en el efecto que te deja, y no te obligues a decidir si fue él o fue la radio.

Las canciones son solo una de las formas en que esto aparece. Hay quienes lo notan en un sueño recurrente con la persona que perdieron, otros en un olor que no debería estar ahí, otros en un objeto que se cae sin explicación, otros al despertar con la sensación de que alguien más está en el cuarto. Perpetua, la compañera de aquel primer curso de mediumnidad, me manda audios de diez minutos preguntando si a mí también me pasa esto con las canciones —podría escribirlo en tres líneas, pero prefiere hablar. Mi padre, católico y con su rosario siempre a la mano, no le llama señal a nada de esto, y ahí hay una tensión entre fe y duelo que no pienso resolver en este cuaderno.

Cómo registro cada canción en el cuaderno verde

El método es simple y lo aplico igual para una balada en la radio que para un vals que sale de la ventana de un vecino. Anoto la fecha y la hora aproximada, sin obsesionarme con los segundos. Describo qué estaba sintiendo o pensando justo antes de que empezara la música. Registro la reacción del cuerpo —si se me erizó la piel, si sentí calor en el pecho, si dejé de llorar de golpe— y, sobre todo, no fuerzo el significado: a veces una canción es solo una canción, y eso también lo anoto.

Una madrugada me desperté cerca de las cuatro con el olor de su crema de manos metido en la nariz, mientras la luz del cargador del celular parpadeaba en la oscuridad del cuarto marcando el único ritmo de la habitación. No había ninguna canción esa vez, solo el olor y el parpadeo, pero lo anoté igual y volví a dormir sin tratar de resolver nada.

La sincronicidad, como la nombró Carl Jung, no es causalidad sino una coincidencia con sentido, y esa distinción me ayuda a no exigirle pruebas al cuaderno que él no puede darme. Antes de escribir, a veces recurro a otra herramienta para bajar el ruido mental: unos pasos para usar el tarot y conectar con la intuición personal que uso no para adivinar nada, sino para ordenar lo que ya siento antes de ponerlo en palabras. Ya escribí en otra entrada sobre los beneficios generales de llevar este tipo de diario; aquí solo cuenta la parte que le toca a la música.

Lo que la fe no explica y lo que sí me sirve

Esa tensión entre la fe de mi padre y este tipo de señales ya la exploré en otra entrada, así que aquí no me detengo en eso. Lo que sí sostengo, después de tantas entradas en el cuaderno, es una regla práctica: si la canción te deja en calma o te permite sonreír, apúntala y sigue tu día; si en cambio te deja atrapada, incapaz de levantarte para ir al turno o de funcionar con normalidad, esa es la señal real que hay que atender, y ahí no basta un cuaderno — hace falta un profesional.

Yo misma he tenido que hablar con uno, en momentos en que ya no distinguía el cansancio del turno de la pena. No es contradictorio: anotar canciones en un cuaderno verde y pedir ayuda profesional son cosas que pueden convivir. Una no reemplaza a la otra, y ninguna de las dos exige que decida, de una vez por todas, si fue mamá o fue la radio.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.