
Cuatro pasos tengo anotados en la última página del cuaderno verde, y ninguno empieza con una vela, ni con sal, ni con un círculo dibujado en el piso. Los escribí después de meses preguntándome qué significa en serio la protección espiritual antes de sentarme a esperar una señal, sobre todo cuando una todavía anda en pleno duelo consciente y no tiene control de casi nada. Ya pues, en los foros todo el mundo habla de escudos y armaduras de luz. A mí ese lenguaje nunca me cuadró del todo, ni siquiera cuando lo repetía en voz baja en el balcón, tratando de creérmelo.
La creencia que más se repite —en grupos de Facebook, en comentarios de YouTube, hasta en el curso online que tomé— es que protegerse significa levantar un muro. Una cúpula de acero alrededor del cuerpo. Una pared infranqueable que ningún espíritu, bueno o malo, pueda cruzar. Suena lógico si lo piensas como una guerra. El problema es que conectar con alguien que quieres no es una guerra, y tratarlo como tal deja a la persona más sola de lo que estaba antes de empezar.
El mito del escudo de acero en la protección espiritual
Lo intenté una tarde fría, en el balcón de mi departamento, con esa baranda de hierro que suelta un quejido metálico apenas alguien se recuesta en ella. Cerré los ojos, me imaginé dentro de la cúpula de acero que tanto recomiendan, y esperé. No sentí paz, sentí encierro. Fue como ponerme dos pares de guantes de nitrilo para tocar algo que en realidad necesitaba las manos desnudas.
La pared de mi sala es de sillar, esa piedra volcánica blanca que tiene la ciudad entera, con una mancha de humedad vieja en la esquina que nunca logré tapar del todo. La toqué la noche que decidí dejar de construir muros imaginarios. Es sólida, sí, pero está llena de poros diminutos, como una piel que respira. La protección real no bloquea, filtra. Para saber si soy médium tras experimentar señales hace falta esa porosidad, no una armadura.
Enraizamiento, intención y filtro: los pasos que sí funcionan
Ahora, antes de abrir el cuaderno verde o sentarme a esperar cualquier cosa, hago casi siempre lo mismo. Primero imagino los pies hundidos en la tierra arequipeña, buscando algo firme más abajo del piso del balcón. Después digo en voz baja una intención corta, algo simple como que solo permito lo que viene del cariño de mamá y nada más. Luego visualizo una luz blanca, no como un muro sino como una gasa limpia de las que uso en la clínica: deja pasar el aire, atrapa el polvo. Esos son tres de los cuatro pasos del cuaderno, una intuición práctica sin ceremonia, sin vela encendida.
No sé si eso cuenta como saber, o solo como querer saber. Entender sensaciones físicas al intentar conectar me parece, la mayoría de los días, menos importante que mantener la casa y la cabeza limpia por dentro y por fuera. No soy experta. Soy enfermera. Pero el cuerpo avisa cuando algo no anda bien, esa presión rara en la boca del estómago que reconozco de las emergencias en la clínica.
Caminando por las callejuelas pintadas de naranja y rojo del Monasterio de Santa Catalina, un domingo que tenía libre, pensé en esto mismo sin buscarlo. En cuánta energía llevaba gastada tratando de protegerme de algo que, en el fondo, solo quería visitarme un rato.
La protección espiritual te deja más cansada, no menos
Si después de notar algo te sientes exhausta, no es que un espíritu malo se haya colado. Es que el sistema nervioso no estaba regulado para empezar. Antes de entender esto probé de todo, incluyendo pasarme noches enteras viendo documentales sobre experiencias cercanas a la muerte en YouTube hasta las dos de la madrugada, buscando una explicación que me dejara tranquila. Terminaba más despierta y más ansiosa, no más protegida. Ningún video reemplaza poner límites propios.
En el foro del curso online de mediumnidad para principiantes que tomé después, había una participante, Edelmira Parreño, psicóloga jubilada de Buenos Aires, que llevaba la voz cantante cada vez que un instructor recomendaba visualizar corazas pesadas. Ella no discutía por discutir: preguntaba, con respeto, por qué la protección tenía que sentirse como defensa militar y no como cuidado. Esa pregunta se me quedó pegada más que cualquier lección del módulo.
Cerrar importa tanto como abrir. Lo primero que enseñan de verdad en ese curso no es cómo empezar una sesión, es cómo terminarla. Es igual que en la clínica: te quitas los guantes, los botas, te lavas las manos, y no te llevas el turno a la cama. Para cómo desarrollar la mediumnidad mental sin quedar agotada, el cierre no es opcional. Es el cuarto paso del cuaderno.
Pon límites antes de abrir el cuaderno
Bajando las escaleras del edificio me crucé con Teófilo Hurtado, el vecino del cuarto piso, cargando un jarrón con flores recién compradas en el mercado. Dijo que a su esposa le encantan esas, en presente, como si ella fuera a bajar en cualquier momento a olerlas. No lo corregí. Cada quien pone sus límites donde puede, y el mío, esa tarde, era decir que no tenía tiempo para atender mis propias señales. La protección también es eso: permitirte decir 'hoy no soy la que espera nada, hoy solo soy Inés, la del café y el balcón'.
A las cuatro de la madrugada me desperté con el olor de la crema de manos de mamá metido en la nariz, tan presente que por un segundo busqué el frasco encima del velador antes de recordar que no estaba ahí. No traté de analizarlo en ese momento. Anoté la hora en el cuaderno verde, un par de palabras nomás, y volví a dormir. Escribirlo sin entenderlo ayuda más que darle vueltas con los ojos abiertos.
La protección espiritual no resuelve todas las dudas
Todavía no sé responder muchas cosas. Si el reloj que se detiene significa algo o es solo un reloj viejo. Si soñarla siempre en el mismo lugar es distinto a soñarla en cualquier parte. Si ese perfume que a veces se cuela en la cocina es ella o es solo memoria haciendo de las suyas. Esa sensación de despertarse y sentir que alguien acaba de salir del cuarto es otro tema aparte, uno que todavía me cuesta nombrar. Mi papá, que es católico, tiene su propia forma de sentirse en paz con esto, y yo no necesito estar de acuerdo con él para respetarla. A veces pienso que el tarot que usan algunas amigas es solo otra manera de hacerse las mismas preguntas que yo me hago con el cuaderno verde.
Nada de esto lo resuelve la protección espiritual. Solo lo hace un poco menos agotador. La mejor protección sigue siendo estar presente en el cuerpo: sentir el frío del sillar bajo la mano, el peso de los propios pies en el piso de Yanahuara, la respiración que se puede controlar aunque nada más se pueda. Si estoy bien anclada ahí, puedo mirar hacia el otro lado sin miedo a caerme, sin necesitar ninguna armadura para hacerlo.