El frío llega justo cuando pienso en ella, y no en cualquier otro momento del día. Todavía no tengo una respuesta que me convenza del todo, y llevo meses anotándolo en mi cuaderno de lino verde sin llegar a una. Lo que sí sé es que ese escalofrío aparece en medio del duelo por mamá, como si las señales tuvieran su propio horario, y que después de tantos años trabajando con enfermos todavía me cuesta separar la clarisensibilidad de un simple cambio de temperatura en el cuarto.
Antes de seguir, una aclaración rápida: en este cuaderno a veces dejo enlaces de afiliado a Hotmart, como el del curso Medium Certificado + Avanzado que tomé yo misma para entender estas cosas. Si te matriculas a través de esos enlaces, me llega una comisión, sin que a ti te cueste nada extra. No soy médium certificada en el sentido oficial, ni psicóloga; solo escribo desde lo que he vivido y estudiado por mi cuenta.
¿Frío real o clarisensibilidad? Lo que anoto antes de decidir
Trabajo hace catorce años en una clínica, y ahí el frío siempre tiene una explicación clínica: hipotermia, shock, una fiebre que baja de golpe. Esos catorce años tomando la temperatura a otras personas me enseñaron a agotar primero las explicaciones ordinarias, como la ventana abierta, el viento de la sierra, o la presión que baja, antes de aceptar que quizás la número once no cabe en un termómetro. Si te interesa entender por qué el cuerpo reacciona así antes que la mente, tengo un texto sobre cómo entender sensaciones físicas al intentar conectar con seres queridos que entra en ese tema con más calma que este.
Espiritualidad en casa, para mí, no es velas ni incienso: es sentarme en mi balcón después de un turno, con el frío de la sierra ya metido en los huesos, y preguntarme si lo que sentí en la clínica dos horas antes fue distinto a lo normal. Casi nunca lo sé con certeza. Anoto la hora, el lugar, lo que estaba pensando, y sigo con mi día, ya pues.
Le pedí a mi hermana que se quedara, y no fue suficiente
Los fines de semana más difíciles del primer año, le pedí a mi hermana que se quedara a dormir en mi departamento. Pensé que tener a alguien respirando en el cuarto de al lado iba a apagar esa alerta constante que se enciende cuando una vive sola después de perder a su mamá. No funcionó como esperaba: el frío llegaba igual, aunque ella estuviera ahí, y terminé sintiéndome culpable de haberla hecho madrugar para ir a trabajar al día siguiente. Dejamos de intentarlo después de un par de meses, sin hablarlo mucho, como se dejan la mayoría de las cosas en mi familia.
El reloj de la cocina ya no se ha vuelto a caer desde aquella vez, y sigo sin saber si eso significa algo o si solo fue un clavo flojo. No es un tema que quiera resolver aquí — tengo otros textos que entran de lleno en las cosas que se caen sin explicación; este no es uno de ellos.
Perpetua y las dudas que se ríen solas
Perpetua, mi compañera desde el primer curso de mediumnidad para principiantes que hice en Hotmart, me manda notas de voz algunos domingos por la tarde. Aprender esto resultó ser un proceso lento y no una revelación de un solo día, y ella lo entiende mejor que nadie porque empezó casi al mismo tiempo que yo. La última vez me contó que había sentido frío en la nuca leyendo un mensaje de su hermana, y se rió de su propia duda antes de que yo tuviera que decirle nada — después se quedó callada un rato, como esperando que yo la contradijera. No la contradije. A veces lo mejor que puedo hacer es no tener la respuesta.
Escuchar lo que otras personas preguntan sin rodeos
Rosinda, que lee este cuaderno desde Arequipa, me escribió hace poco preguntando sin rodeos si era normal sentir frío justo cuando piensa en su hijo, o si se lo estaba inventando. Va directo a lo que otras personas tardan páginas en preguntar, y esa vez no supe contestarle mejor de lo que me contesto a mí misma: que el frío por sí solo no prueba nada, ni en un sentido ni en el otro, pero que vale la pena anotarlo igual.
Yo misma me he preguntado cómo saber si soy médium después de tantas veces notando estas cosas, y la respuesta cambia según el día — a veces creo que sí, a veces creo que solo estoy buscando compañía en la ausencia.
No es la primera vez que alguien me escribe pensando en un sueño repetido, y tampoco es un tema que quiera abrir del todo en este texto — ya tengo un espacio dedicado a lo que significa soñar con la misma persona en el mismo lugar varias veces.
Algo cambió en el sueño del banco, ocho semanas después
Han pasado cinco años desde que murió mamá, y todavía sueño con ella sentada en el mismo banco de siempre, el que ya conozco de memoria en el sueño aunque nunca lo describo igual dos veces despierta. Hacia la semana ocho de este año, después de meses anotando la misma escena con variaciones pequeñas, tuve la tercera versión seguida: ella ahí, quieta, sin que nada cambiara hasta el final — ni el viento, ni su expresión, ni el silencio alrededor. Me desperté sin el nudo en el pecho que normalmente me deja ese sueño.
Al día siguiente, saliendo del turno de noche, caminé hasta la Plaza de Armas y me senté un rato frente a la Catedral de sillar blanco, sin buscar nada en particular. No sentí frío ni ninguna calma especial, solo el cansancio normal de un turno largo. A veces el cuerpo simplemente necesita eso: un rato afuera sin que se le pida que signifique algo.
Decidir si me quedo quieta o pido ayuda
Con los años aprendí una regla simple, más útil que cualquier teoría que haya escuchado en un curso: si el frío llega y se va antes de que termine de nombrarlo, lo dejo pasar, lo anoto, sigo con lo mío. Si en cambio se queda más de un par de minutos y viene con el pecho apretado o las manos temblando, ahí ya sé que no es una señal de nadie más — soy yo, pidiendo ayuda a mi manera, y ese es el momento de hablar con alguien, no de interpretar nada.
Esa distinción entre señal y proyección da para mucho más de lo que puedo cubrir en un solo texto, así que si te interesa el tema a fondo, prefiero mandarte a leer sobre cómo saber si algo es una señal de un ser querido o solo imaginación, en vez de resumírtelo mal aquí.
Antes de cerrar el cuaderno esta noche
Cuando el turno ha sido pesado y no quiero pensar en nada complicado, pongo un video del Taller de Ángeles. Es más ligero, menos técnico que el curso de mediumnidad, y me sirve para bajar las revoluciones antes de dormir sin tener que analizar cada escalofrío. La mayoría de las noches, eso sí, las respuestas las sigo encontrando en el silencio del cuarto, no en ninguna pantalla.
A veces me pasa algo parecido al despertar, esa sensación de que hay alguien en el cuarto antes de abrir los ojos del todo — pero eso pertenece a otro texto, no a este. Y mi papá, que va a misa todos los domingos, prefiere pensarlo a su manera; yo no discuto con él, cada quien encuentra su propio método para no sentirse tan sola.
Cierro el cuaderno verde por ahora. Si tú también sientes ese frío repentino al pensar en alguien que ya no está, no hace falta que decidas de inmediato si es una señal o es solo el cuerpo cargando el duelo — puedes anotarlo, como hago yo, y dejar que el tiempo te muestre el patrón. Si quieres seguir leyendo sobre esto, tengo un texto sobre cómo desarrollar la mediumnidad mental que me ayudó a ordenar buena parte de lo que hasta hace poco solo era ruido.
Y si el frío te agarra desprevenida mientras tomas tu café, respira antes de sacar conclusiones. A veces es duelo. A veces es solo la sierra. Y está bien no saber cuál de las dos cosas es, todavía.