
Los eucaliptos del Parque Selva Alegre sueltan una resina espesa que se pega a la suela del zapato en cuanto pisas bajo su sombra, cerca de donde el río Chili suena más fuerte contra las piedras. Me senté ahí una tarde, cuaderno verde cerrado sobre las piernas, sin ánimo de abrirlo. Qué bestia la quietud de ese rincón comparada con el ruido que yo misma me armaba en la cabeza. Fue pensando en eso que entendí algo que nadie me había dicho con esas palabras exactas: hay dos formas distintas de buscar una señal, la que empuja y la que espera, y confundirlas es quizá el error más común de todos.
Antes de seguir con la comparación, una aclaración que repito siempre porque me parece justa. En este cuaderno digital hay enlaces de afiliados a Hotmart; si te matriculas en algún curso que menciono, a mí me llega una comisión pequeña y a ti no te cuesta nada extra. Escribo solo sobre lo que he probado en mis tardes libres o entre turnos, y lo que no me sirvió también lo digo de frente. No soy médium certificada ni psicóloga ni consejera espiritual, soy una enfermera que extraña a su mamá y compara caminos porque a mí me tocó elegir entre ellos. Si tu duelo pesa más de lo que un cuaderno puede sostener, busca ayuda profesional; nada de lo que sigue reemplaza eso.
Dos formas de buscar una señal
Durante un tiempo elegí la forma que empuja. Quería que mamá moviera una cortina, que sonara una campana, que algo gritara desde el pasillo para no tener dudas. Esa manera de buscar no me trajo paz: me dejaba despierta viendo documentales de experiencias cercanas a la muerte en YouTube, uno detrás de otro, hasta las dos de la madrugada, con el celular caliente en la mano y la casa en completo silencio. Ninguna de esas historias ajenas resolvió lo mío. Al día siguiente seguía con la misma pregunta de siempre, solo que más cansada.
Sé que hay personas para quienes el sentido llega por otro lado, un cuadro que se tuerce solo en la pared, una taza que se cae sin que nadie la toque, y no voy a meterme en ese terreno aquí porque no es algo que yo misma haya vivido con suficiente claridad para hablar de ello. Lo que sí puedo comparar, porque lo viví en carne propia, es lo que pasa cuando empujas una señal contra lo que pasa cuando la dejas llegar.
La diferencia entre forzar y dejar la atención abierta
En la clínica, cuando se intenta escuchar un soplo cardíaco muy sutil, no se puede estar hablando fuerte ni moviendo el estetoscopio con ansiedad. Hay que quedarse quieta. Con las señales del otro lado aprendí que funciona parecido: cuanto más empujas, menos sientes. El sillar de las paredes de mi edificio es poroso, dicen que por eso conduce mejor cualquier cosa que pase a través de él, y a veces me quedo con la mano apoyada en la pared fría del salón, en esa esquina donde la humedad dejó una marca que nunca se fue del todo, tratando de imitar esa porosidad en lugar de cazar nada.
Forzar, en mi experiencia, se siente como una presión fría y específica en la nuca. Hay quien le pone nombre espiritual a esa sensación física y la lee como un canal de conexión; yo, después de tantos años viendo cuerpos tensos en la clínica, prefiero llamarla por lo que más probablemente es, tensión, y dejar esa otra lectura para quien la necesite. Soltar esa tensión cambia la percepción: deja de ser una búsqueda y se vuelve una observación, parecida a cuando dejas de mirar fijo una estrella para verla mejor por el rabillo del ojo.
Mi vecino del cuarto piso, Teófilo, no pasa por nada de esto. Habla de su esposa en presente, como si ella solo hubiera bajado al mercado. "A ella no le gusta que la puerta quede abierta de noche", me dijo una vez, acomodando un jarrón con flores frente a mi puerta sin que yo le preguntara nada. No busca, no fuerza, no anota en ningún cuaderno. Simplemente vive ahí, en ese presente que a mí me cuesta sostener sin cuestionarlo cada cinco minutos. Cómo desarrollar la comunicación espiritual tras notar señales en el hogar probablemente empiece justo por ahí, por soltar la necesidad de cuestionarlo todo, aunque a mí todavía me cuesta aplicármelo.
El curso de mediumnidad dice una cosa; el taller de ángeles, otra
Cuando por fin dejé de empujar fue cuando el Medium Certificado + Avanzado [El curso que me sostuvo] empezó a tener sentido para mí, no antes. Antes solo lo hubiera usado para buscar más confirmaciones, más pruebas, más ruido. El nivel avanzado me ayudó a distinguir un pensamiento propio, que tiene mi ritmo y mi voz, de una percepción que llega de golpe, sin aviso, con una textura que no me pertenece. El término "Certificado" lo pone quien vende el curso, no una universidad, y eso lo tengo claro; lo que de verdad me sirvió fue la comunidad del foro, no el papel.
Ahí conocí a Edelmira, psicóloga jubilada de Buenos Aires que entró al mismo foro por pura curiosidad profesional. Le discute a los instructores con mucho respeto cuando algo le suena a fórmula aprendida, y a mí eso me cae bien, significa que ahí nadie se traga nada entero. Según ella, encontró más honestidad sobre la incertidumbre en ese foro de dudas que en años de literatura clínica, y entiendo por qué lo dice.
El Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales [El que probé primero] parte de un marco distinto, el de los ángeles, no el de quienes ya se fueron, y mezclar esos dos marcos es, creo, donde más gente termina confundida. Para quien le da miedo la palabra "médium" pero quiere empezar a ponerle nombre a lo que siente, ese camino más suave tiene su lugar; a mí me sirvió como primer paso, antes de sentirme lista para algo más directo.
Elegir entre el cuaderno, el curso y la calma
Nada de esto responde la pregunta de fondo, que sigo sin resolver y creo que nunca voy a resolver del todo: si lo que noto es señal o es que estoy proyectando el duelo en cualquier cosa que se mueve. Esa pregunta la trabajo con más calma en otra parte del cuaderno; aquí solo quiero dejar constancia de que sigue abierta. Lo que sí sé es que anotarlo, sin más pretensión que la de no perderlo, ya cambia algo que todavía no sé explicar del todo.
Una tarde ordené el armario de mamá por primera vez sin que me temblaran las manos, y después me senté con un té frente al Misti sin llorar ni una vez. No sé si eso cuenta como señal de que algo sanó o simplemente como el paso normal del tiempo, pero lo anoté igual.
Qué significa sentir un abrazo o caricia de un ser fallecido es otra pregunta que me hacen seguido, y la respuesta corta es que tampoco lo sé con certeza; lo que puedo decir es que ese tipo de contacto, cuando lo he sentido, llegó siempre después de soltar, nunca cuando estaba buscándolo con desesperación.
El CURSO DEL TAROT [Solo si tienes mucha curiosidad por el tarot puro] nunca fue mi camino porque se siente más como un ejercicio de conectar con la propia intuición, paso a paso, que como una forma de sentir a alguien que ya no está. Si eso es lo que buscas, puede que a ti sí te sirva más que a mí.
Lo que cada camino te deja al final
Comparando los dos caminos, el que empuja y el que espera, lo que he notado es esto: si todavía te asusta la palabra "médium", un marco más simbólico como el de los ángeles ayuda a nombrar lo que sientes sin exigirte tanto de entrada. Si ya puedes sostener la incertidumbre sin que te desborde, un camino más directo no te va a espantar y probablemente te ahorre tiempo. Y si por ahora lo único que puedes hacer es anotar sin gastar en nada, eso también construye sensibilidad, aunque nadie te lo venda como un curso.
La comparación más honesta, al final de cuentas, no es entre un curso y otro, sino entre forzar y soltar. Yo elegí seguir soltando, con el cuaderno verde todavía abierto sobre las piernas y el Misti ahí, atrás, sin que tenga que mirarlo todo el tiempo para saber que sigue. Si quieres un acompañamiento más estructurado para ese proceso, el Medium Certificado + Avanzado fue el que me ayudó a poner cierto orden en el caos, aunque no te va a dar certezas que nadie tiene; en el mejor de los casos, te enseña a hacerle mejores preguntas a tu propio silencio.