
No es lo mismo encontrarte una piedra con forma de corazón en el camino que salir a buscarla a propósito. La primera te agarra desprevenida y te deja algo parecido a la calma; la segunda casi siempre termina en decepción, con las rodillas sucias y las manos vacías. Llevo un tiempo anotando estas señales de duelo en mi cuaderno de lino verde desde que mamá se fue en 2021, y esta comparación es la que más se repite entre sus páginas: lo que aparece solo, contra lo que una persigue. Ni la mediumnidad para principiantes ni esta espiritualidad de Arequipa que practico entre turnos resuelven del todo la diferencia. Solo la vuelven más fácil de nombrar.
Antes de seguir: este cuaderno tiene enlaces de afiliado hacia Hotmart. Si te matriculas en alguno de los cursos que menciono más abajo, me dejan una comisión, sin costo extra para ti. Escribo solo sobre lo que he cursado yo misma y nada de esto es una verdad revelada — es un diario, no un manual.
El hallazgo junto al Puente Grau
El domingo que encontré la mía caminaba por la ribera del río Chili, cerca del Puente Grau, el puente que cruza al centro desde Yanahuara. Venía de un turno doble en la clínica de la avenida Goyeneche, con los pies hinchados y la cabeza en otra parte: las sábanas por lavar, el reloj empujando hacia la siguiente guardia. Algo blanco destacó entre el barro gris. Era un trozo de sillar, la piedra volcánica que le da su color a media Arequipa, partido en una forma casi perfecta de corazón.
La textura porosa raspándome la yema de los dedos mientras limpiaba el barro fue lo primero que registré, antes de pensar nada. No era una piedra pulida de río; era áspera, con esquinas. Me quedé un rato agachada, con el agua corriendo de fondo y el Misti mirando desde arriba. ¿Señal o proyección? Es la pregunta que le hago a mi cuaderno cada vez, y esta vez tampoco supe responderla.
Lo que cambia cuando sales a buscar la confirmación
En el Medium Certificado + Avanzado, el curso que estoy llevando ahora, hay un módulo sobre pareidolia donde el instructor repite que no toda forma reconocible es un mensaje del más allá — a veces una piedra es solo una piedra que el agua trabajó durante años. En el foro del curso, Edelmira le discutió eso mismo con un respeto que a mí me pareció casi cariñoso: para ella, decir "a veces es solo una piedra" cierra la pregunta demasiado rápido.
Pocos días después probé lo contrario. Volví al mismo tramo cerca del Puente Grau, pero esta vez buscando "la confirmación" — otra piedra que reforzara la primera. Pasé dos horas agachada entre el barro, con dolor de espalda y esa sensación fría que me sube por la nuca cuando me siento ridícula, algo que ya relacioné una vez con lo que anoté sobre por qué siento frío de repente al pensar en un familiar fallecido. No encontré nada más que piedras redondas y basura de arrastre.
Piedras, sueños, relojes: el vocabulario de señales de duelo
Mi cuaderno de lino verde tiene entradas para casi todo lo que no sé nombrar del todo: la duda de si algo es una señal real o solo mi cabeza buscando consuelo, que sigo sin resolver; los sueños que insisten en volver al mismo lugar, de los que ya escribí en otra entrada sin necesidad de repetirlo aquí; el reloj de la cocina que un día se cayó sin que nadie lo tocara; un colibrí que se quedó quieto en la baranda más tiempo del que un colibrí suele quedarse quieto.
Hay quien llega a este tipo de búsqueda por el tarot, como forma de escuchar la propia intuición y no de adivinar nada; otros llegan por los ángeles, un marco que para mí nunca fue lo mismo que sentir a alguien que ya murió, aunque las dos cosas terminen anotadas en el mismo cuaderno. Sé de gente que reza una protección antes de sentarse a "conectar"; yo nunca llegué a esa parte. Despertarme con la sensación de que hay alguien en el cuarto tampoco lo tengo resuelto.
Mi papá es católico, y la tensión entre lo que él cree y lo que yo apunto en el balcón no la voy a resolver en una sola entrada. Tampoco busco fotos con manchas de luz como prueba de nada — una piedra en la mano me convence más que cualquier imagen borrosa. Y los olores que vuelven sin avisar tienen su propia entrada en otra parte del cuaderno.
Lo que no funcionó fue distinto: intenté leer los libros de duelo que me regalaron en el velorio de mamá, y no pude terminar ninguno; se quedaron en el velador, cerrados. Los cursos, en cambio, sí se quedaron. Empecé con el Taller de Ángeles, que me sirvió para ponerle nombre a algunas de estas señales cuando todavía no tenía vocabulario para nada; seguí con el Medium Certificado + Avanzado, que trae una comunidad donde una no es la única que duda, aunque el "Certificado" del nombre sea del vendedor y no una acreditación oficial — eso aprendí a no necesitarlo para confiar en lo que anoto.
La piedra en el balcón, no en un cajón
La piedra vive ahora en el balcón de mi departamento en Yanahuara, junto a la maceta de romero que era de mamá. El hierro forjado de la baranda cruje cada vez que me apoyo para mirar el Misti, y en la esquina del salón todavía se nota esa sombra de humedad que nadie se ha animado a pintar. Teófilo, mi vecino del cuarto piso, sube a veces con cualquier pretexto, y sin que se lo pregunte habla de su esposa en presente, como si el tiempo no hubiera terminado de pasar. Nunca le digo nada. Ya entendí que a algunas personas les sirve que el tiempo se quede a medias, igual que a mí me sirve esta piedra en el balcón.
A veces pienso en estudiar mediumnidad de forma profesional para ordenar mejor todo esto que voy anotando, pero después me acuerdo de que mi trabajo está con los vivos, en la clínica, y que las piedras solo son recordatorios de que el amor cambia de forma sin desaparecer — como la lava que se volvió sillar.
He aprendido a entender las sensaciones físicas sin entrar en pánico cada vez que aparecen. Un viernes, saliendo de un turno nocturno particularmente largo, me quedé mirando el reloj de la pared del salón sin la necesidad de interpretarlo — ni señal, ni mensaje, solo un reloj marcando la hora en la que por fin podía dormir. Fue la primera vez que noté que ya no le pedía permiso a nada para sentirme tranquila.
Cuál de las dos leer cuando te pase a ti
Si te la encuentras caminando, sin buscarla, déjala ser un respiro y no te apures en descifrarla del todo — ese fue el hallazgo que más me duró. Si sales a buscarla a propósito, como hice yo esa tarde cerca del puente, es más probable que termines forzando un significado que no estaba ahí, y forzar rara vez calma algo. Esa es, para mí, la diferencia que importa: no si la piedra es real como señal, sino si la dejaste llegar o saliste corriendo detrás de ella.
Ponerle estructura a esta duda fue lo que más agradecí del curso que ya mencioné — no la resuelve de raíz, pero ayuda a no sentirse tan sola dentro de ella. Puedes revisarlo aquí: Medium Certificado + Avanzado. Mañana tengo turno temprano. Guardaré el cuaderno y dejaré que la piedra se quede cuidando el balcón, señal o no, mientras yo sigo caminando con el corazón, aunque a veces parezca hecho de piedra.