Sigo caminando entre los puestos de especias del mercado central de la Calle San Juan de Dios cuando alguien dice mi nombre, clarito, justo al pasar frente al puesto de hierbas, y no me detengo. Seguir caminando es, creo, mi manera de no asustarme. "Inés", escuché, con esa cadencia que no es de nadie que conozca ahí. El pasillo olía a comino y a hierba luisa, lleno de señoras regateando, y por un segundo mi nombre flotó encima de todo ese ruido como si alguien lo hubiera puesto ahí a propósito. No es la primera vez que me pasa esto. Llevo meses, no sé cuántos exactamente, ya dejé de contar, preguntándome qué es la clariaudiencia de verdad, y si lo que vivo entra ahí o es solo el duelo buscando una forma de seguir hablando con mamá.
Aquí va lo importante antes de seguir: en este cuaderno digital dejo enlaces de afiliado a Hotmart. Si te matriculas en un curso a través de ellos, yo gano una comisión y a ti no te cuesta ni un sol más. Hablo solo de lo que yo misma probé buscando respuestas, como el curso de mediumnidad que terminé abriendo cuando ya no sabía a quién más preguntarle. Esto sigue siendo mi diario procesando el duelo, no una guía profesional.
La enfermera en mí: qué sucede cuando escucho mi nombre sin nadie
Como técnica de enfermería con catorce años encima, mi primer instinto frente a esto nunca es espiritual. Es clínico. En el hospital usamos el término alucinación hipnagógica para esos instantes donde el cerebro, a medio camino entre el sueño y la vigilia, inventa sonidos que no están. Qué bestia es el cansancio, ya pues, cómo te juega en contra cuando llevas doce horas de pie. Pero esa tarde en el mercado no venía de un turno nocturno: había dormido bien, caminaba despacio, sin ningún peso raro en el cuerpo. De vuelta en casa, con el balcón que mira al Misti todavía envuelto en neblina, me hice la pregunta que más repito en este cuaderno: ¿fue una señal o fue mi mente buscando un consuelo que la muerte de mamá me quitó hace cinco años? A veces, cuando el duelo pesa, el cerebro fabrica lo que necesita para no quebrarse. Pero hay algo en la textura de una voz real que no se siente como un cortocircuito de neuronas. Mi manera de diferenciarlo con los años es simple: si te llaman justo cuando ya ibas cayendo de sueño, probablemente es cansancio; si pasa en pleno mercado, con la cabeza despierta y las manos ocupadas en otra cosa, la pregunta cambia.
Clariaudiencia: la diferencia entre un eco y una voz que te llama
Clariaudiencia es la palabra que uso ahora, aunque la aprendí tarde. Entré al módulo de percepción auditiva del Medium Certificado + Avanzado [El curso que me sostuvo] una tarde cualquiera, sentada con mi cuaderno verde abierto, buscando un nombre para lo que me pasaba. Ahí explican que la clariaudiencia casi nunca es una voz que vibra fuera, en el aire — es más una frecuencia que se recibe adentro de la cabeza, pero con una nitidez distinta a un pensamiento cualquiera tuyo. La palabra "Certificado" en el nombre del curso es del vendedor, no una acreditación oficial, y así lo tomé yo: no salí de ahí con un título, salí con un lenguaje. Para mí, en ese momento, eso bastaba — no estaba buscando papel, estaba buscando no sentirme tan sola pensando que estaba loca.
Por qué viene solo el nombre, no una frase completa
Es la pregunta que más me hacen cuando cuento esto. Mi respuesta corta: el nombre es el código más directo para captar la atención de alguien, sin gastar energía en una frase entera. Funciona como reconocimiento — es la forma más simple de decir "aquí estoy" sin que suene a aparición de película. A veces funciona como alerta: una vez escuché mi nombre segundos antes de que una jarra se resbalara sola de la mesa, y todavía no sé qué hacer con ese dato. Y a veces es puro consuelo, en medio de la soledad de Yanahuara, un recordatorio de que el vínculo no se corta con un acta de defunción. Lo noto parecido a cuando sientes un abrazo o caricia sin que haya nadie cerca — el cuerpo registra algo antes de que la cabeza tenga una explicación, y esa sensación física suele llegar primero, antes que cualquier palabra.
Lo que probé primero y no funcionó
Antes de abrir cualquier curso, hice lo que hace cualquiera: me metí a seguir cuentas de tarotistas e intuitivas en Instagram, buscando una respuesta rápida a lo que me pasaba. No funcionó. Cada cuenta decía algo distinto, y terminé con más preguntas que al principio, además de una sensación rara de estar comprando certezas ajenas a destajo. Lo primero que sí compré con mi plata fue el Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales, el mismo mes en que mamá falleció. Las cartas no te dan una respuesta científica — eso lo tengo clarísimo — pero me ayudaron a ponerle nombre a una intuición que ya tenía y no sabía dónde meter. Mi papá, que es católico de misa y rosario, lo vería distinto; una compañera de turno, muy creyente, me dijo una vez que estas cosas eran almas pidiendo oración. Prefiero no discutir esa parte: cada quien arma su propio marco para sostener lo que no se puede probar.
Cuando pasa fuera de casa
La creencia aquí en Arequipa es que el sillar, esa piedra volcánica porosa de la que están hechas tantas casas viejas, guarda memoria — que los ecos de quienes vivieron entre esas paredes se quedan atrapados en los poros, esperando el momento justo de humedad y silencio para soltarse. No sé si es solo una manera bonita de explicar lo inexplicable, pero ayuda.
Lo del mercado de la Calle San Juan de Dios no fue la única vez que me pasó fuera de mi departamento. También me ha tocado notar cosas en sitios sin ninguna piedra antigua cerca: un cuadro que se cae de la pared sin que nadie lo toque, el foco de la cocina parpadeando sin falla eléctrica real detrás, un mismo número repitiéndose en el recibo, en el bus, en la hora del celular, más seguido de lo que la estadística debería permitir. Ninguna de esas cosas prueba nada. Pero anotarlas, una por una, en el mismo cuaderno, me ha enseñado a notar el patrón sin necesitar creer en él todavía.
Señales de duelo o fatiga: cómo distingo una de otra
Hay quienes ya han escrito sobre cómo distinguir, en general, una señal real de pura imaginación en medio del duelo; yo solo puedo hablar de mi caso puntual, el de la voz que dice mi nombre, y de lo que anoto en mi propio cuaderno para no enredarme. La cualidad del sonido es la primera pista: una señal, para mí, suele ser corta, clara, con una carga de calma detrás; el ruido de la fatiga, en cambio, llega confuso, como una radio mal sintonizada. El contexto es la segunda pista: si llevo más de dieciocho horas despierta o no he comido bien, asumo fatiga antes que cualquier otra cosa.
Y la reacción física es la tercera, quizás la más honesta: cuando escuché mi nombre esa tarde en el mercado, no sentí miedo, sentí una especie de expansión en el pecho — parecido a cuando ves sombras rápidas por el rabillo del ojo y, en lugar de asustarte, sonríes porque el instinto ya sabe que no hay peligro ahí. En el Medium Certificado + Avanzado lo explican como un músculo: cuanto más te obsesionas con forzarlo, menos funciona. Se trata de notar, no de perseguir.
Qué hacer si te vuelve a pasar
Mi consejo, si te pasa, es simple: no saltes a conclusiones. Respira, mira la hora, mira cómo está tu cuerpo. Si estás descansada y no hay explicación lógica inmediata, basta con decir "te escucho" o "gracias", sin ritual complicado.
Algunas personas prefieren pedir la señal antes, directamente, como quien pide un favor concreto; yo nunca he necesitado pedirla, me ha llegado sin avisar, pero entiendo a quien sí necesita ese paso. Otras prácticas insisten en protegerse antes de cualquier intento de conexión — no es algo que yo haga de forma ritual, aunque reconozco que a mucha gente le da tranquilidad tener ese paso antes. Lo mismo pasa con esa sensación de presencia justo al despertar, a medio camino entre el sueño y estar del todo consciente: se parece a lo mío, pero no es exactamente igual, y prefiero no mezclarlas.
El olor a perfume de alguien que ya no está, los sueños que regresan al mismo lugar varias veces, un colibrí que se queda quieto más tiempo del normal, incluso esos puntos de luz raros en una foto — todo eso es parte del mismo vocabulario de señales, pero cada una tiene su propia lógica, y yo solo puedo hablar con certeza de la mía: una voz que dice mi nombre y nadie ahí.
Últimamente el ascensor de mi edificio baja solo en mitad de la noche sin que nadie lo llame; antes me habría espantado, ahora anoto la hora y sigo durmiendo. Mi vecina, que anda fotografiando con el celular la arquitectura de sillar blanco del barrio por las mañanas, me preguntó el otro día si yo creía en esto. Le dije la verdad: no sé si creo, pero sí sé que anoto.
Si quieres profundizar en cómo organizar estos momentos sin explicación, puedes leer sobre cómo desarrollar la comunicación espiritual en tu propio hogar. A mí me sirvió para entender que mi departamento no está embrujado, está habitado por recuerdos que a veces encuentran voz.