
Van tres veces que encuentro una flor blanca en un sitio donde no tiene ninguna razón para estar, y las tres veces se me ha secado la garganta antes de agacharme a mirarla bien. La primera fue un pétalo de jazmín pegado a la campana de mi estetoscopio, en el vestuario de la clínica, donde no hay plantas ni ventanas abiertas, solo el frío de los lockers y el olor a desinfectante. Qué bestia, pensé, mirando ese blanco tan puro contra el azul de mi uniforme. Desde entonces ando con la pregunta metida entre turno y turno: qué significa encontrar flores blancas en lugares inesperados después de un duelo, o si mi cabeza cansada nomás le pone nombre de señal a cualquier cosa.
Antes de seguir: este cuaderno digital tiene enlaces de afiliados hacia Hotmart, y si te matriculas en algún curso de los que menciono aquí, a mí me llega una comisión sin que a ti te cueste nada extra. Hablo solo de lo que he probado yo misma después de mis turnos, como el Medium Certificado + Avanzado, pero nada de esto es una verdad cerrada. Este es mi cuaderno, no un manual clínico ni una guía espiritual — soy técnica de enfermería, no médium certificada ni terapeuta, así que si el peso se siente demasiado grande, por favor busca apoyo profesional en tu hospital o centro de salud.
Significado de encontrar una flor blanca donde no debería crecer nada
En la sierra sur, lo blanco suele cargar con esa idea de descanso, de algo que por fin queda tranquilo. Lo he leído en varios lados y no lo voy a discutir aquí. Pero en mi cuaderno verde la respuesta que más se repite es más chica que eso: una flor blanca donde no debería haber ninguna es, antes que nada, un recordatorio de que hay que parar y mirar. No sé si eso cuenta como una señal de mamá o como mi propia cabeza armando un patrón con lo que sea, con tal de sentir que ella sigue cerca, y esa duda no se resuelve en este cuaderno ni creo que se resuelva nunca del todo. Las flores blancas son solo una entrada en un vocabulario de símbolos que cada quien arma con lo que se le va apareciendo — a mí me tocaron flores, a otra persona le tocan colibríes, o monedas encontradas en la vereda, cada quien con su propia manera de leer esto en clave espiritual.
Flores blancas y sillar, la ciudad que no debería tener nada floreciendo
Vivir en Arequipa es vivir rodeada de piedra blanca, del sillar que le da a media ciudad ese color seco y quieto. Por eso, cuando aparece una flor blanca en un sitio de puro cemento y asfalto, se siente como un grito bajito. Hace poco, sentada en una banca de la Plaza de Armas, frente a la Catedral de sillar blanco, vi algo diminuto y claro asomando entre dos adoquines: una margarita silvestre, sola, sin ninguna maceta cerca que la explicara. Me quedé un rato ahí, sin sacar el celular, solo mirando. Tengo una vecina que sale casi todas las mañanas a fotografiar la arquitectura de sillar con el suyo, esquinas, balcones, portadas talladas, nomás por gusto, y cuando le conté lo de la margarita se rió y me dijo que ya me estaba volviendo poeta. Puede ser. O puede que la improbabilidad, en una ciudad entera hecha de piedra, le gane a la casualidad más veces de las que quiero admitir.
Distinguir entre una señal y un patrón que arma la mente
Hay una etapa por la que creo que pasamos casi todas: seguir cuentas de tarotistas e intuitivas en Instagram, buscando que alguien más te confirme rápido si lo que sentiste fue real. Lo hice durante un tiempo y no me sirvió de mucho — cada cuenta interpretaba distinto, y terminé con más ruido en la cabeza, no menos. Lo que mejor me ha funcionado es algo más aburrido: anotar en el cuaderno verde lo que pasó, tal cual, antes de ponerle significado. A veces no son flores — son objetos que se caen sin que nadie los toque, o ese escalofrío seco en la nuca que aparece de la nada, y el cuerpo reaccionando antes de que la cabeza entienda por qué también cuenta como parte de la señal, si es que lo es. Alguna gente hace algún tipo de protección antes de sentarse a escribir o a meditar sobre esto; yo nunca la he necesitado, pero entiendo por qué a otras personas les da tranquilidad tener ese paso antes. A veces se parece a la temporada en que andaba buscando piedras con forma de corazón por cualquier vereda, tratando de leer la ciudad como si fuera un libro con mensajes escondidos.
Un curso no resuelve la duda, pero ayuda a no sentirte sola
En algún punto empecé a sentir que necesitaba estructura, no para volverme médium, sino para no sentirme loca, y terminé metida en el Medium Certificado + Avanzado, con una calificación de 4.1 que en su momento me pareció garantía suficiente. Lo pagué en cuotas con mi sueldo de la clínica y salió por unos doscientos dólares, caro para mi bolsillo, aunque no me arrepiento del todo. Ese «Certificado» del nombre es del vendedor, no un título oficial, y siempre lo tomé como eso: una guía de estudio, no un diploma que me acredite frente a nadie. Si lo tuyo es algo más ligero, el Taller de Ángeles trabaja más desde el marco de los ángeles que desde la idea de un familiar fallecido en concreto, y a mí me sirvió al comienzo para ponerle nombre a algunas sensaciones, aunque yo andaba buscando otra cosa más cercana a mamá. El tarot puro, dicen, también puede usarse más como ejercicio de intuición personal que como predicción, pero esa es una puerta que no toco a fondo en este cuaderno.
Cuando la fe de tu familia no encaja con lo que sientes
Si le cuento a mi papá que vi algo raro en un sitio raro, me reza un rosario por si acaso; si se lo cuento a mi hermana, me manda a tomar vacaciones porque cree que ando mal de la cabeza. Ninguno de los dos está del todo equivocado. La fe de mi papá tiene sus propias reglas sobre hablar de los muertos, y no siempre calzan con lo que ando notando en mi cuaderno — no busco resolver esa tensión aquí, solo dejarla existir sin pelearme con nadie. Tampoco ando detrás de fotos con orbes de luz ni de ese tipo de evidencia que circula por internet como prueba de algo; lo mío es más chico, más de estar presente cuando algo se me cruza en el camino, no de coleccionar imágenes que le demuestren nada a nadie.
Cuando no has encontrado flores blancas
Puede que a ti nunca te toquen flores, y sí te toque otra cosa, o nada de nada, y eso no significa que quieras menos o que sientas menos. A mí, además de las flores, me tocó un sueño que se repitió tres veces seguidas en el mismo banco del Mirador, con mamá sentada mirando el Misti como hacía los domingos; la tercera vez no desperté con el corazón acelerado como las otras dos, me quedé quieta dentro del sueño hasta que se apagó solo, como una luz que alguien baja despacio. Hay quien dice sentir algo parecido no dormido sino al despertar, en ese segundo raro antes de abrir los ojos del todo, cuando todavía no se sabe si uno sigue soñando o ya está de vuelta en el cuarto. No sé si eso cuenta más o menos que una flor. Sigo sin saberlo.
Notar es suficiente, casi siempre
Lo que sí cambió es que dejé de exigirme una respuesta cerrada cada vez que algo blanco aparece donde no debería. Anoto la fecha y el lugar en el cuaderno verde, anoto qué sentí en el cuerpo antes de ponerle nombre, y ahí lo dejo por un rato antes de releerlo. Es la única regla que uso: registrar primero, interpretar después, nunca al revés. De noche, con la ventana entreabierta y ese olor a eucalipto que sube de la calle, pienso que estudiar mediumnidad de forma profesional, con calma y sin apurar ningún diagnóstico, se parece más a esto que a cualquier técnica que prometa certeza. Hace poco, al entrar a la cocina, me llegó de golpe un aroma a comida familiar en la cocina que no tenía por qué estar ahí, y en vez de correr a buscarle explicación, me quedé un momento con eso, nomás. Si a ti también te pasa con flores blancas, o con cualquier otra cosa rara que se te cruza después de un duelo, mi único consejo es ese: no te apures a cerrar el significado. Quédate con la sensación un rato antes de decidir qué fue. Y si sientes que te hace falta un marco para no andar sola en esto, a mí el Medium Certificado + Avanzado me dio permiso de no juzgarme por pararme a mirar una flor en medio del asfalto.