No sé qué se supone que significa un reloj que no se cae, no se detiene, solo se queda ahí mirándote fijo desde la pared mientras el cuerpo entero te pide dormir, y no tengo la respuesta. La vengo cargando desde hace semanas, dándole vueltas en el cuaderno verde de lino sin llegar a nada que se sienta como una conclusión, algo entre la interpretación de sueños que tanto busco y la sanación espiritual que todavía no sé si estoy logrando, o si solo estoy aplazando el duelo consciente que mi hermana dice que necesito hacer de una vez, buscando en cada sueño alguna señal de los ángeles guías de los que tanto se habla en los talleres.
Fue un viernes, saliendo del turno de noche, cuando el reloj de la sala me paró en seco. No se cayó, como el de la cocina aquella vez. Solo estaba ahí, quieto, marcando una hora que no logré leer bien del cansancio, y por alguna razón me quedé parada frente a él más tiempo del que un reloj se merece, esperando, sin saber qué, a que me dijera algo. Lo único que tenía claro, aunque no supiera nombrarlo todavía, era que el cuerpo ya había notado algo que la cabeza seguía sin entender.
Terminé caminando hasta el Puente Grau, el que cruza al centro desde Yanahuara, solo para que el aire me despejara la cabeza antes de encerrarme en el departamento. El frío de Arequipa a esa hora pega distinto cuando se suma a los 2335 metros sobre el nivel del mar en que vivimos: seco, directo, sin nada que lo amortigüe. Cruzando de vuelta, pensé en lo absurdo que sonaría si le contara a alguien que un reloj sin caerse me había dejado más inquieta que cualquier sueño de los últimos meses.
El lenguaje de los sueños que el cuerpo entiende primero
Dicen que durante el ciclo de sueño REM el cuerpo se suelta de un modo que no sé explicar bien, y tampoco es algo que me interese demasiado entender a fondo. Lo que sí noto, cada vez con más claridad, es que el cuerpo avisa antes de que la cabeza entienda nada: un peso distinto en el pecho, los hombros tensos o sueltos al despertar, un calor que no tiene de dónde venir. Hay quien insiste en que ese canal físico es más confiable que cualquier imagen o palabra que recordemos del sueño, y cada vez me cuesta más discutirlo.
Ese umbral exacto entre dormida y despierta, cuando todavía no sé en qué cuarto estoy ni qué día es, ha sido donde más cosas me han pasado, aunque nunca he sabido nombrarlo bien. Antes de llegar a prestarle atención a eso, probé otra cosa: el médico de la clínica me recetó alprazolam para el sueño, y lo tomé todas las noches durante tres meses seguidos. Dormía, sí, pero era un sueño plano, sin esa claridad de la que hablo, y en cuanto el médico no renovó la receta, el insomnio volvió exactamente igual que antes. No funcionó, al menos no de forma que durara.
¿Qué cambia en la semana seis?
Después de esa madrugada del reloj, sin pastillas de por medio, empecé a anotar nada más lo que sentía al despertar, sin buscarle sentido todavía. Quería potenciar mi sensibilidad espiritual en lugar de apagarla con un medicamento, aunque suene raro escribirlo así, en una libreta, a las cinco de la mañana.
Le conté lo del reloj a Azucena Valdivia, la compañera con la que compartí tantos turnos de noche en la clínica. Ella no cree en nada de esto — me lo ha dicho clarito más de una vez — pero me escuchó sin poner los ojos en blanco ni una sola vez, y a veces con eso basta. Para la semana seis de llevar el registro así, sin pastillas, empecé a despertar con los hombros sueltos más seguido que tensos, y una mañana me di cuenta de que no había revisado el reloj de la sala en días: no sé si eso cuenta como una señal de los ángeles guías o solo como que el cuerpo por fin descansó, y sospecho que las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Ángeles, mamá o solo cansancio: el lenguaje simbólico de los sueños
Mucha gente busca al Arcángel Gabriel porque dicen que es el mensajero, el de las noticias, pero no sé si era él quien aparecía en esos sueños de luz. Lo que sí he podido anotar, con los meses, es un patrón casi físico: los sueños de sanación dejan una sensación de expansión en el pecho, los que son solo preocupaciones del trabajo pesan como arena en los ojos, y las señales — cuando llegan — suelen venir con olores o colores que uno no encuentra en una ferretería, todo un vocabulario simbólico que recién estoy empezando a armar, como esas plumas de colores que son señales que a veces aparecen justo en la puerta de la clínica al día siguiente.
Mi papá es católico de misa de domingo, y tiene su propio modo de llamar a todo esto que no se parece en nada al mío — hace tiempo dejé de intentar que coincidan. Tampoco sé siempre si lo que sueño es un ángel o es mamá disfrazada de luz, y cada vez sospecho más que esa pregunta no tiene una sola respuesta correcta, sino varias, dependiendo de la noche.
Sanar el turno de noche
Trabajar en una clínica te hace ver la muerte de cerca, demasiado cerca algunas veces. He visto a pacientes hablar con alguien que nadie más ve, justo antes de cerrar los ojos para siempre. Eso me hace pensar que los sueños son una ventana que dejamos abierta por descuido o por gracia, y que interpretar un mensaje no es tarea de médiums certificadas — yo no lo soy, ni me interesa serlo — sino de cualquiera dispuesta a prestar atención.
El módulo que terminé esa madrugada después del turno era parte de un taller de ángeles online, de esos que uno abre sin saber bien qué va a encontrar del otro lado de la pantalla. Una lectora desde Oaxaca, Clarita Villafuerte, me escribió hace un tiempo contándome con una precisión casi de reportera que había soñado tres noches seguidas con su mamá en el mismo lugar exacto, y aunque no supe decirle qué significaba del todo, entendí la pregunta mejor que nadie que ella conociera. Si el duelo te está hundiendo de verdad y no logras levantarte, eso ya no es algo que un sueño o una libreta puedan resolver: ahí lo que hace falta es ayuda profesional, y yo misma hablé con el psicólogo de la clínica más de una vez.
Empezar tu propio cuaderno de señales
Si tú también sientes que te hablan mientras duermes, el primer paso es simple: cómprate una libreta, cualquiera, no tiene que ser de lino verde como la mía. Déjala en la mesa de noche con un lapicero que escriba a la primera, porque a las cuatro o cinco de la mañana no hay tiempo para pelearse con la tinta. No escribas una novela. Escribe palabras sueltas — azul, calor, paz, mamá — y ya después, con días o semanas de distancia, vuelve a leerlas.
Con el tiempo se va tejiendo sola una especie de comunicación espiritual, aunque esa palabra todavía me suena grande para lo que realmente pasa en mi balcón de Yanahuara. Hay noches despejadas en que el olor a eucalipto sube desde la calle hasta el tercer piso y se mete en la sala antes de que cierre la puerta, un olor que no tiene nada que ver con lo que estoy pensando y que aun así se queda pegado al recuerdo más que cualquier sueño. El barandal de hierro cruje un poco cuando me apoyo a mirar el Misti, y en la esquina de la sala sigue esa mancha de humedad en el sillar que nunca terminé de tapar — cosas pequeñas que no tienen nada de espiritual y que, sin embargo, son el fondo de todo lo demás.
Hoy, mientras el sol termina de iluminar la cima del Misti, cierro el cuaderno. Mañana tengo turno otra vez, y quizás esta noche vuelva a sentir esa mano tibia, o quizás no. Lo único que me llevo de estas semanas sin pastillas es algo bastante simple, pero que me costó bastante aprender: revisar cómo despierta el cuerpo importa más que recordar exactamente qué vi en el sueño. Si sueñas con algo que no puedes explicar, no busques la lógica de inmediato. Siente primero. La interpretación, si llega, llega después — y casi nunca de la forma en que uno la esperaba.